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lunes, 19 de diciembre de 2011

Los durillos (Viburnum tinus) de Madrid

De nuevo en Hoyo de Manzanares, a principios de diciembre, acompañamos a nuestro contacto (¡y amigo!) Miguel DC a una zona recogida y próxima a un arroyo en la que, aparentemente, se ha asilvestrado y crece sin problemas una curiosa población de durillos (Viburnum tinus).



El durillo, especie bien distribuida por las serranías españolas de la mitad sur (más escasa y puntual por el norte), gusta de temperaturas suaves y hábitats con humedad permanente, apareciendo principalmente entre los matorrales nobles que acompañan a encinares y alcornocales. El clima madrileño, sin embargo, resulta demasiado frío en invierno y muy seco en verano, por lo que de manera natural esta especie se muestra esquiva en nuestra Comunidad. Pese a ello, en Madrid la especie es muy empleada en jardinería, floreciendo y fructificando sin problemas, por lo que cabe pensar en algunas semillas que han llegado hasta aquí transportadas por las aves.



Atravesando una zona de berrocales graníticos, tan comunes en Hoyo (poblados por encinas, pinos piñoneros, enebros, jaras pringosas, mejoranas y cantuesos), alcanzamos un arroyo poblado de fresnos, sauces y zarzas, al borde de un encinar, donde se encuentran los durillos.



En esta ubicación, junto a las encinas aparecen varios madroños (Arbutus unedo), cuya presencia en estas sierras ya conocíamos y que son indicadores, precisamente, de esas condiciones climáticas requeridas por las especies de hoja lauroide que alcanzan el centro peninsular.


Delante de las encinas, un madroño y un durillo.



Diferentes vistas de algunos de los durillos de la zona.


Los madroños presentan los últimos frutos de la temporada y crecen de forma enmarañada con alguno de los durillos; éstos aparecen dispersos entre las encinas y el camino, siempre próximos al cauce del arroyo.



Aunque llegamos casi con las últimas luces de la tarde, aprovechamos para fotografiar algunas plantas en las cercanías del arroyo: la leguminosa Melilotus albus, de más de metro y medio de altura (ahora en flor), y un par de hemicriptófitos: la compuesta Tanacetum parthenium y la labiada Ballota nigra. Resultan abundantes las madreselvas (Lonicera etrusca) y, algo escondidos entre los roquedos, algunos pies de rusco (Ruscus aculetus).



Melilotus albus


Tanacetum parthenium


Ballota nigra


Ganoderma lucidum

No hay tiempo para más y acompañamos a casa a Miguel: en el buzón de su casa, entre folletos publicitarios, una última sorpresa: una diminuta salamanquesa (Tarentola mauritanica), despierta en esta época del año (hasta la fecha el otoño ha sido poco frío), que procedemos a liberar.



Atardecer en la fresneda.



Una joven salamanquesa común.


(Dedicado a M., segundo retoño de Miguel, que nació a los pocos días de nuestra visita; un abrazo para toda la familia.)



Viburnum tinus, hojas y frutos.

sábado, 30 de abril de 2011

La floración primaveral del ojaranzo (Rhododendron baeticum)


De vuelta en abril a Los Alcornocales (Cádiz) para ver y fotografiar la floración primaveral de los ojaranzos (Rhododendron ponticum subsp. baeticum o Rhododendron baeticum). Las especies arbóreas (alisos y quejigos morunos) que forman los bosques galería o canutos ya han recuperado la hoja, creando el ambiente sombrío donde prosperan estas ericáceas. Como ya se mencionó, por el canuto ascenderán los vientos que vienen cargados de humedad desde la costa, aportando así agua al medio a través de lo que se denomina precipitaciones horizontales, que garantizan una presencia de humedad alta y estable durante todo el año.

 Vista de la entrada al canuto, con los alisos en el cauce y los quejigos más alejados del agua, por encima de los anteriores.

Aliseda (Alnus glutinosa) con ojaranzos, adelfas, avellanillos, helechos, cárices, hiedras y zarzamoras.

 Inflorescencia abierta del ojaranzo en abril.

Rhododendron baeticum

A los quejigares de Quercus canariensis les acompañan varias especies de cistáceas, labiadas, ericáceas y leguminosas arbustivas, pero llama la atención la presencia de algunos brezos (Erica arborea) que, sin llegar a alcanzar las dimensiones que adquieren en el monteverde canario, superan los dos metros de altura.

 Aspecto primaveral del quejigal moruno.

 Quercus canariensis

Envés de las hojas nuevas de Quercus canariensis, ya cubiertas por mechones de pelos.

Brezos (Erica arborea, a la derecha) que superan los dos metros de altura, en el quejigar.

Otras especies con hojas lauroides, grandes, alargadas, perennes y brillantes, como los ojaranzos, contribuyen a formar estos restos de laurisilvas peninsulares, como laureles, madroños, labiérnagos o durillos (Viburnum tinus, algunos pies en flor).

 Durillo (Viburnum tinus).

Floración de Viburnum tinus.

Entre las trepadoras, destacan las vides silvestres, algunas madreselvas en flor (Lonicera periclymenum subsp. hispanica) y las hiedras (varias especies).


Otra especie de resonancias subtropicales, de la que se encuentran ahora algunos ejemplares con los frutos maduros, es la liliácea Ruscus hypophyllum, un rusco que en España crece exclusivamente en la comarca y que se diferencia del más extendido Ruscus aculetus en que sus "hojas" (como es sabido, en realidad las aparentes hojas de los ruscos no son sino tallos adaptados, ramillas comprimidas y laminares llamadas filóclados) son más largas, acuminadas y flexibles -no pinchan- que en el segundo.

Ruscus hypophyllum con frutos.

También ahora brota y florece -siendo el único momento en que se deja ver- una raflesiácea perenne, subterránea y parásita de jaras y jaguarzos, tan abundantes en el sotobosque del quejigar: la hipocístide o chupamieles, Cytinus hipocistis, una planta sin clorofila de tallos cortos formados por hojas imbricadas y con flores amarillas.

Cytinus hypocistis