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martes, 20 de mayo de 2025

El río (Wade Davis)


En esos días viví por primera vez la grandeza sobrecogedora de la selva pluvial tropical. Es algo sutil. No había manadas de ungulados, como en la llanura de Serengeti, ni tampoco había cascadas de orquídeas: sólo mil matices de verde y esa infinidad de contornos, formas y texturas que desdeña tan a las claras la terminología de la botánica de las zonas templadas. Es casi como si uno tuviera que cerrar los ojos para contemplar el constante murmullo de la actividad biológica —la evolución, si se quiere— trabajando a toda marcha. Desde el mismo borde de las trochas las enredaderas se aferran a la base de los árboles, y las heliconias y calatheas herbáceas ceden ante los aroideos de hojas anchas que trepan en las sombras. En lo alto, los bejucos cubren los inmensos árboles uniendo el dosel del bosque en una única y entretejida tela viviente. No hay flores, o por lo menos pocas que se puedan ver a primera vista, y bajo el deslumbrante sol del mediodía, inmóvil en el cielo, hay pocos sonidos. La atmósfera se carga de una pesadez fluida, del peso abrumador de siglos, de años sin estaciones, de la vida sin renacimiento. Uno puede caminar horas enteras y seguir convencido de que no ha avanzado.



Luego, hacia el atardecer, todo cambia. La atmósfera se enfría, la luz se torna ambarina y el cielo abierto sobre los ríos y las ciénagas se llena de raudas golondrinas, vencejos y papamoscas. Los halcones, las garzas, las jacanas y los martín-pescadores de las orillas de los ríos ceden ante bandadas de cotorras cacareantes y espectaculares despliegues de tucanes y guacamayas escarlata. Surgen de pronto micos tití, y cerca de las orillas de los ríos brillan los ojos de los caimanes, sus cuerpos y colas tan quietos y opacos como maderos flotantes. A la luz del atardecer se pueden finalmente distinguir formas en la selva, perezosos pegados de los yarumos, víboras enroscadas en las ramas, tapires revolcándose en lejanos lodazales. Por un momento, en el crepúsculo, el bosque parece tener escala humana y ser en cierta forma manejable. Pero llega entonces la lluvia de la noche y después el ruido de los insectos desenfrenados entre los árboles, hasta que al salir el sol regresa el silencio, la atmósfera se aquieta y se levanta la niebla de la tierra enfriada. Una neblina blanca inunda todo, como algo sólido y devastador.



(...) Sin distracciones, uno se adaptaba a la perfección a la vida de la selva: los monos aulladores en lo alto, los incesantes ríos de hormigas, los encuentros casuales con serpientes y jaguares, los inquietantes gritos de águilas reales; las mariposas iridiscentes, con su belleza incitante, y las ranas bronceadas y púrpuras, venenosas al tacto. En mi diario anoté los sencillos lujos de la vida en la selva: «El humo de una hoguera que espanta a los insectos, una noche sin lluvia, un rancho de paja en medio del bosque, un banano casi podrido encontrado en una hondonada, sembrados de yuca abandonados, un animal recién cazado y lo que sea: agua lo bastante profunda para bañarse, la insinuación de una cagada sólida, una noche de sueño continuo, un limonero encontrado en el bosque».

El río (Wade Davis)

lunes, 16 de diciembre de 2024

El Cisne Negro

(...) para ello me centré en los aspectos más técnicos, no asistía nunca a "reuniones" de trabajo, evitaba la compañía de aquellos que siempre obtienen "excelentes resultados" y de las personas de traje y corbata que no leen libros (...)

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Las ideas van y vienen, las historias permanecen.

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Las estadísticas son invisibles; las anécdotas destacan.

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Nassim Nicholas Taleb

Aquí un texto de Javier Aznar sobre el Cisne Negro.


Cisne negro (Cygnus atratus) en el Jardín histórico El Capricho (Madrid). Como buen "tocapelotas" que es, de las primeras cosas que dice NNT en su libro es que le parece un ave fea, pero yo no estoy de acuerdo. A mí me gusta.

 

lunes, 12 de agosto de 2024

De donde viene el viento

A mí lo que me importa es la oropéndola. Llega a comienzos de mayo y anida cerca de la torre de Tobalina, donde agonizo. Por muy bien que suene un instrumento, no igualará nunca el canto de la oropéndola. Se levanta tarde y tarda en abandonar el nido. Desde una rama a otra se comunica con su pareja. Uno repite su melodía corta, sólo una frase. El otro contesta con un reclamo, casi es un graznido. Pero el timbre y la resonancia del canto en el silencio de la mañana es el mejor sonido que he oído. Ni siquiera el ruiseñor me gusta tanto. Yo si fuese pájaro sería una oropéndola. Vuelan como rayos entre las copas de los árboles y no pisan el suelo, nunca pisan el suelo. Imagina, primo, lo que debe de ser nunca poner los pies en el suelo, vivir en el aire, comiendo frutos que tampoco tocan la tierra. Compré pasas y ciruelas para colgarlas con hilos de las ramas, con la tonta esperanza de que no se fueran nunca lejos las oropéndolas, mis vecinas. Pero la fruta colgada se la comieron los rabilargos, que no tienen compasión de nada. Preciosos son también los rabilargos, pero sin canto. No hay vuelo tan bello como el del rabilargo cuando se posa en el suelo. Pero yo quiero ser una oropéndola. O un oropéndolo. Yo con cualquier cosa me conformo, dice mi primo. Pasar por un gorrión, inadvertido. Comer las migas que dejan los humanos es para mí suficiente, dice el gorrión. Lo que no les perdono a mis padres es su empeño en que yo sirviera para algo. ¿Con qué derecho? Ellos fueron siempre unos inútiles.

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Quién fuera como la oropéndola, que vuela y canta, rayo de sol que no toca el suelo, que come frutos y evita el mundo. Que vuela porque encuentra en el aire resistencia, que canta para seducir y para que la escuche el bosque.

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Manuel Arroyo-Stephens

De donde viene el viento

 


Yo también he tenido como vecinas a las oropéndolas. Como viven en un parque en las afueras de la ciudad, han aprovechado algunos trozos de plástico para fabricar el nido.


El hogar de la oropéndola: bosques galería con chopos, fresnos, olmos, sauces y densos setos.


jueves, 15 de febrero de 2024

Verano (J.M. Coetzee)

Un viento nocturno gime a través de las aspas de la bomba eólica echada a perder. Ella se estremece. —Debemos volver —le dice. —Enseguida. ¿Has leído el libro de Eugéne Marais sobre el año que pasó observando a un grupo de babuinos? Dice que por la noche, cuando los monos dejaban de merodear y contemplaban la puesta del sol, detectaba en los ojos de los babuinos mayores los aguijonazos de la melancolía, el nacimiento de la conciencia incipiente de su mortalidad.

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Sencillamente que comprendo en qué estaba pensando el viejo babuino macho mientras contemplaba la puesta del sol, el jefe del grupo, aquel del que Marais se sentía más próximo. «Nunca más —pensaba—. Una sola vida y entonces nunca más. Nunca, nunca, nunca.» Eso es lo que también me hace el Karoo. Me llena de melancolía. Me inutiliza para la vida.

Ella aún no entiende qué tienen que ver los babuinos con el Karoo de su infancia, pero no va a admitirlo. —Este lugar me desgarró el corazón —prosigue él—. Me lo desgarraba de niño, y desde entonces nunca he estado bien.

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Con la señora Noerdien, ¿cómo atravesaría un hombre, incluso el señor Noerdien, el espacio desde las exaltadas alturas de lo femenino hasta el cuerpo terreno de la mujer? Dormir con semejante ser, abrazar semejante cuerpo, olerlo y saborearlo... ¿qué efecto tendría eso en un hombre? Y estar junto a ella todo el día, consciente de sus más pequeños movimientos: ¿acaso la triste respuesta de su padre al cuestionario del doctor Schwarz sobre el estilo de vida («¿Han sido las relaciones con el sexo opuesto una fuente de satisfacción para usted?» «No») tiene que ver con el hecho de que, en el invierno de su vida, ha de encontrarse frente a una belleza como no ha conocido antes y jamás puede esperar que sea suya?

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(https://screenmusings.org/movie/dvd/The-Edge-of-Love/pages/The-Edge-of-Love-0103.htm)

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Verano, J.M. Coetzee

sábado, 16 de septiembre de 2023

El fin del verano

 

Ayer viernes noté por primera vez mejoría en la pierna, después del masaje del miércoles de J. Carlos: por fin un avance. Debo retomar mis paseos. De hecho, el jueves ya salimos a los parques de abajo, hoy he vuelto y ahora escribo desde allí. Sigo muy nervioso (dos cigarrillos al día), supongo que no ha ayudado la lesión y el fin del verano (qué asquerosa estación) con el calor, los putos vecinos... Como no podía estar sentado, no he avanzado con las fotos de Sudáfrica. Mientras, he leído a Kawabata (no creo que vuelva a leer nada suyo) y a Coetzee (Foe: un libro interesante hasta el final, cuando el autor desbarra y no está claro lo que quiere decir... y yo ya no estoy para experimentos). Hoy he seleccionado una foto de las espátulas para publicar en el blog. Será algo así:

A finales de agosto ya se hace patente el cambio de estación. El embalse de Pedrezuela (al lado de Guadalix de la Sierra) está muy bajo. Las persicarias y otras plantas acuáticas se han hecho con el terreno abandonado por el agua y forman un herbazal casi impenetrable. Mientras camino levanto una pareja de aguiluchos laguneros y (sorpresa) otra de corzos. Los quejigares de alrededor presentan bastantes hojas ocres por falta de agua y recuerdan al otoño. El paso de aves ha traído a un grupo de espátulas a pasar unos días en los alrededores. Etc.

16/09/2023

miércoles, 29 de marzo de 2023

El loco de los pájaros

 

Se siente raro aquí. Su mundo es el sotobosque. Los arbustos tupidos, en especial. Vive en uno, en el parque, cerca del lago, a resguardo. De día merodea por los alrededores, comiendo lo que hay y escapando de los gatos y los córvidos, que están por todas partes. Conoce su hábitat lo bastante para saber que más allá de las verjas fronterizas del parque y de las cabezas de los caballos de alquiler se extiende un bosque de piedra al que los humanos llaman ciudad, y en el que de vez en cuando merece la pena adentrarse.

Schieffelin se acerca despacio al visitante.

...

El loco de los pájaros (Care Santos)

 



Aunque el texto anterior se refiere al chochín, el verdadero protagonista (alado: entre los humanos es Eugene Schieffelin) es el estornino pinto (Sturnus vulgaris). Conocía la estrafalaria historia de la introducción de los estorninos en Estados Unidos (y sus repercusiones posteriores) gracias al cómic Maldiciones de Kevin Huizenga, pero esta reseña de Andrés Trapiello me puso tras la pista del libro de Care Santos. Qué añadir a lo indicado en este último enlace: el libro se devora (a Trapiello le llevó dos tardes terminarlo y a mí cuatro) y me ha permitido descubrir a Santos, una de las grandes escritoras españolas actuales.

La historia es también una demostración (más) de cómo ideas surgidas al amparo de las buenas intenciones no tienen porqué acabar bien (es más: SIEMPRE acaban mal, al menos cuando este criterio sentimentaloide o buenista se aplica sin más en educación, economía, concesión de ayudas, etc.). Pero eso es otro tema.

viernes, 5 de agosto de 2022

Diarios 1887-1910 (Jules Renard)

Tras leer una lección del profesor Carl Vogt sobre la utilidad de los topos, acabo de matar uno de un tiro de escopeta. Le veía levantar su cúpula de tierra fresca: la he destruido dos veces. Él volvía a empezar. Luego, desbrocé su agujero. Asomó la nariz al aire. Lo he matado como si nada, con mi rayo personal, forzándome un poco para ver cómo era. Para él habrá sido como sería para mí un trueno si me cayera en la cabeza. ¡Lo he matado como si fuera un dios! Estaba en medio del camino. No le hacía daño a mis lechugas, que tan poco me importan. Lo he matado. ¿Por qué? ¿Por qué? Y mi gato acaba de dejar su cagarruta en mi sillón, y no le he dicho nada.

Jules Renard 

Diarios 1887-1910

(Traducción de Ignacio Vidal-Folch)

Exterior de una topera de topo ibérico (Talpa occidentalis) en la Sierra de Guadarrama.

Realmente el topo al que se refiere el texto es al topo europeo (Talpa europaea), la especie con la convivió Jules Renard en Francia. En Pelo de zanahoria, uno de los clásicos del autor, Renard vuelve a sacar al topo en un encuentro con el protagonista (y el animal sufre una muerte bastante más violenta y sádica).

Pero, dejando de lado las desgracias de los pobres topos, lo importante es que hay que leer a Jules Renard, uno de los grandes de las letras francesas y europeas.

Topo en los Collados del Asón, Cantabria (probablemente Talpa europaea).




domingo, 5 de junio de 2022

La vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas)

Georg Wilhelm Steller, un médico y naturalista de origen alemán, formó parte de la segunda expedición con la que el zar Pedro I el Grande buscaba un acceso desde Rusia hasta América a comienzos del siglo XVIII. Steller se incorporó tarde a la Gran Expedición del Norte, capitaneada por Vitus Bering (descubridor del mar que lleva su nombre), lo que le obligó a recorrer solo y durante meses Siberia hasta alcanzar la península de Kamchatka (en su extremo oriental), punto de partida de las naves.

Embarcaron en mayo de 1741 y, dos meses después, Steller fue el primer europeo en pisar Alaska. Solamente pudo recorrerla durante unas horas, pues Bering decidió volver apresuradamente a Kamchatka para evitar que el mal tiempo se les echase encima. Todo se torció en el viaje de vuelta. Con parte de la tripulación diezmada por el escorbuto (incluido Bering), sufrieron varios temporales y su embarcación terminó naufragando en noviembre en una isla remota del extremo occidental de las Aleutianas, un paraje  inhóspito y deshabitado.

Y aquí, enfermos, incomunicados, sin alimentos, medicinas y barco, los supervivientes se preparan para afrontar el invierno ártico. Mientras arrecia el mal tiempo construyen refugios y cazan pinnípedos y nutrias marinas. Steller aprovecha su estancia en la isla para recorrerla, buscar plantas como remedio contra el escorbuto y descubrir nuevas especies de flora y fauna. Se acuerda de Briggitta, su mujer, con quien se casó en San Petersburgo y le aguarda en Moscú. Es metódico e infatigable: todos los días le escribe cartas y realiza anotaciones en su manuscrito Las bestias del mar, sin saber si habrá quien las lea o se perderán para siempre.

Y entre estos descubrimientos, se produce el más sensacional: la aparición de un "manatí" (Steller lo llama así la primera vez que lo ve) subártico gigantesco, la gran vaca marina del norte, un sirenio de casi diez metros de longitud y un peso que rondaba las diez toneladas en los mayores animales, un anacronismo viviente, el gran símbolo que quedará indefectiblemente asociado a su nombre.

Uno de los contados esqueletos que existen de vaca marina de Steller en el Museo de Historia Natural de Londres.

Si bien en tiempos prehistóricos el género Hydrodamalis se distribuía por buena parte del Océno Pacífico (de California a Japón y hasta el mar de Bering por el norte), en 1741 apenas quedaban unos 1.500-2.000 animales reunidos exclusivamente en los alrededores de la isla donde naufragó Steller. Se trataba de un hervíboro marino adaptado a unas condiciones ambientales extremas (frío, hielo, temporales...) que se agrupaba en grupos familiares cerca de la costa, en aguas poco profundas, donde se alimentaba de algas pardas gigantes.

La captura de la primera vaca marina por parte de los marineros es reveladora (y va a marcar el destino de la especie): su carne y grasa son comestibles y de mejor sabor que las de otros animales. En cuanto oficialmente se supo de la importancia de esta zona para la obtención de pieles (fundamentalmente por la presencia de nutrias marinas), se preparan nuevas campañas hacia la misma: durante los siguientes años los navíos visitantes se encargarán de masacrar a las vacas marinas.

En esta lámina de cetáceos rusos incorporan a nuestro sirenio boreal en el extremo inferior derecho. Los animales están representados a escala: se aprecia que la vaca marina de Steller tenía una longitud similar a una orca.

Como resultado de las incursiones humanas, veintisiete años después de su descubrimiento, en 1768, se da caza al último ejemplar de vaca marina y la especie es eliminada de la Tierra.

Steller se encontró con la vaca marina cuando ésta contaba con una exigua representación, lo que al menos permitió que la describiese antes de su eliminación. Cuando se produjo este encuentro podría decirse que la especie estaba en el tiempo de descuento: seguramente su extinción era cuestión de "poco" tiempo. Pero el que esta última población se distribuyera en una pequeña extensión geográfica sometida a una intensa explotación aceleró su final, pues supuso un recurso alimentario de gran importancia para las hambrientas tripulaciones que la visitaron.

Hoy día los únicos parientes vivos de la vaca marina de Steller son los manatíes (tres especies) y el dugongo. En la foto un manatí del Caribe (Trichechus manatus) probando la producción de repollos de la temporada.

La verdad es que tanto la vaca marina de Steller como su triste historia me impactaron desde pequeño: sus dimensiones mastodónticas, el riguroso medio donde vivía, su descubrimiento completamente accidental (e in extremis) por uno de los mejores naturalistas de la Historia, su eliminación en tiempo récord... y a partir de su extinción surge la gran pregunta: ¿cómo era realmente este animal? No olvidemos que Steller fue el único científico/testigo que lo vio y describió antes de su trágico desenlace.

Esta es la primera imagen que guardo de la vaca marina de Steller. Aparece publicada en el libro Cómo y por qué de los animales extinguidos, Editorial Molino (1974). El dibujante cubre parcialmente su cara con unas algas para que parezcan los cabellos de una sirena, aunque los rasgos generales del animal recuerdan a una morsa.

En el siguiente enlace se puede descargar una monografía rusa muy completa, en la que se repasa (entre otros temas) la evolución de la iconografía de la vaca marina de Steller desde el siglo XVIII hasta nuestros días: aunque solamente sea por estas ilustraciones merece la pena (bueno, y para quien entienda ruso ya ni le cuento).

Esta es la portada. Hay que reconocer que es algo perturbadora por representar a la "морская корова" (vaca marina) con un gesto excesivamente humano, debido a los desproporcionados brazos y a la forma de sujetar a la cría.

Un ejemplo de las ilustraciones que aparecen en la anterior publicación, donde se muestra el proceso de reconstrucción del aspecto que tendría este animal a partir de sus restos óseos. Al cráneo se le van añadiendo "capas"...

... y este es el resultado final. Careto de pocos amigos (claro que, sabiendo cómo acabó la especie, es comprensible).

Siempre me han gustado mucho los sirenios (o sirénidos), y en cuanto tengo un bolígrafo y un papel en las manos me salen inconscientemente (en monótonas reuniones de trabajo, en la consulta del médico o en la cola del Aldi), como este manatí. Rebuscando por algunos cuadernos de notas he encontrado algunos bocetos/esbozos de la vaca marina de Steller:




Estas últimas líneas me han sorprendido por presentar una vaca marina reconocible (cabeza y extremidad anterior), pese a lo rudimentario de los trazos.

A mi entender la reconstrucción más lograda es la realizada por Pieter Arend Folkens: esta magnífica ilustración aparece en distintas publicaciones (entre ellas la lámina de cetáceos rusos que aparece más arriba), incluida la emisión de este sello:

(https://vitusbering.wordpress.com/2010/09/08/stellers-sea-cow/)
Por cierto, el señor raruno con una peluca absurda de la esquina superior izquierda, NO es Steller: de Steller no existe representación gráfica ni tampoco descripción alguna. Después de casi diez meses en tierra, la tripulación superviviente consiguió reflotar un pequeño navío con el que logró regresar a Kamchatka en 1744, sin Bering, quien murió en la isla. Aunque Steller sobrevivió al viaje por mar, nunca volvió a ver a Briggitta (ni tampoco a sus vacas marinas), pues falleció por fiebres en Tyumen (Siberia occidental) en noviembre de 1746, mientras trataba de volver a casa, a los 37 años.

Cabe preguntarse cómo a estas alturas todavía Hollywood no se ha planteado realizar una película seria de la epopeya de Bering y Steller en lugar de las mierdas de superhéroes que suele filmar: curiosamente existe una versión rusa del año 1971 de este viaje (disponible en youtube en el siguiente enlace). Incluso sale durante unos segundos el cadáver de una vaca marina de Steller al que están despedazando a hachazos (ir al minuto 1:09:45).

En fin, vamos a echar una mano a la todopoderosa industria cinematográfica americana proporcionándole alguna idea al respecto: le proponemos un reparto formado por Ryan Gosling para interpretar a Steller, Benicio del Toro como Bering y Sienna Miller como Briggitta. Que la dirija uno de los grandes, claro: Peter Jackson, Scorsese... qué sé yo, incluso nos vale una versión onírico-pesadillesca a cargo de David Lynch (aquí un poco a la desesperada, ya).

Para finalizar esta ecléctica entrada, a modo de epílogo, un poema de la escritora Anne Marie Macari dedicado a la vaca marina de Steller:

Incluso mientras las mataban
hasta extinguirlas, las vacas marinas
nadaban a la deriva en las aguas del Ártico
sin temor a los hombres varados.

En las parábolas de las vacas marinas se predijo
que la extinción llega
a la mente antes que al cuerpo,
un reino de olvido

hacia el que nadar, como la última 
paloma migratoria posada 
en un zoológico, que olvida 
cómo volar, o una vaca marina 

sacrificada y arrastrada a la orilla, la última
de su clase en el estrecho congelado...
sin dientes, sin arpones, 
como el día en que fue creada

pero demasiado grande para esconderse. Ahora son 
parábolas de sí mismas
flotando en los flujos de sangre de los humanos
que ni siquiera saben

que están poseídos, seguidos por vacas marinas
que les contemplan como las nubes 
observan el océano donde moraron
las criaturas, o por palomas migratorias

que vuelan en el recuerdo, zigzagueando
sobre sus cabezas como bancos 
de peces invisibles. Vamos chicos,
susurran los grandes mamíferos,

encontraos en la familia
del hombre entre los gigantes
de la historia. Y a la que escribe
sobre la vaca marina perdida

decidle que el aire en el que se mueve
está chamuscado por la extinción.
Estamos esperando. ¿Recordáis cómo
pusimos la otra mejilla?

Decid esto, el mundo nunca está 
solo, nunca estuvo solo.




lunes, 18 de abril de 2022

El guitarrista

 

... y sufría una gran añoranza de luz, de tiempo libre, de aire puro, de espacios dilatados y horizontes sin fin. A veces mientras bajaba iba evocando todo cuanto anda suelto y alegre por la anchura del mundo, el agua de los ríos, las vereditas que van y vienen por los campos desenredando las distancias, las nubes, los vagabundos, los insectos, el viento.

El guitarrista (Luis Landero)



martes, 22 de febrero de 2022

Sesenta semanas en el trópico

 


Como no hay regla sin excepción, tenemos los epífitos -tan abundantes y variados en regiones tropicales-, que ni viven de la tierra ni de otras plantas. Les bastan las minúsculas partículas de materia orgánica transportadas por el aire, y si se reclinan sobre árboles, arbustos o rocas no es para extraer de ellos alimento. Son un término medio entre los destinos de parasitar o ser parasitado: viven frugalmente de lo que trae el aire, practicando un desarraigo que multiplica singularidades. Ya me gustaría ser orquídea, en vez de centeno o cornezuelo del centeno.

...


...

Tan distintas de estos estanques con lirios acuáticos, nuestras rosaledas sugieren que el mundo no es ni un paraíso ni un infierno, sino más bien algo esencialmente incierto o abierto, donde trabajar ayuda.

...

Algunas fotos de orquídeas y otros epífitos tropicales, como esta Aristolochia gigantea, en el invernadero del Jardín Botánico de Madrid. Sesenta semanas en el trópico no es un libro de historia natural; o mejor dicho, no trata solamente de naturaleza, pues se repasan asuntos de política, economía, antropología, relaciones humanas... Antonio Escohotado falleció en noviembre de 2021.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Nunca he despertado junto a ti


He reventado en arneses que suplican corazón,
fui pescador en las redes de una mar embravecida.
Me he camuflado en poemas de raíces y de rocas.
Amanecí en los caudales de un torrente sentenciado.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.


He conversado en corales que han crecido sobre alcohol,
he sostenido algún cuerpo listo para arder entero,
comí fruta en el paraíso, fui arena en los relojes,
quemé mis naves y el fuego ha bloqueado mi timón.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

He sido espada en la guerra, me he convertido en canción.
He sido cuerda en el arpa, me he convertido en palabra.
He sido el agua en los ojos, me he convertido en tristeza.
He sido espuma en el cielo, me he convertido en tormenta.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.



He aprendido despacio los mil nombres de la furia
y vendí todos mis pasos a los puntos cardinales.
He hipotecado mi tiempo por una rueca de azares
hilvanando un verso duro como acero en las pupilas.
¡He amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

Te he deseado en harapos; has puesto sitio a mi carne;
te soñé un millón de veces tibia de alba, enfurecida,
te he abrazado tan dulcemente en horas de naufragio.
Y he sofocado mi anhelo con las lenguas que aprendí;
pero nunca he despertado junto a ti.

¡Y he amado tantas cosas que anuncian que llega el fin...!;
pero nunca he despertado junto a ti.

(Poema/canción del gran Gabriel Sopeña.)

lunes, 10 de junio de 2019

El momento de las Andryala

En junio encontramos a las especies del género Andryala completamente en flor: en España contamos con cinco especie de estas compuestas, de las que mostraremos algunas fotografías. Comenzamos con la especie más extendida y conocida de todas: Andryala integrifolia, la cerraja lanuda o chicoria de pared. Es una especie perenne, alta (en ocasiones puede alcanzar el metro de altura), cubierta por pelos que dejan ver la epidermis del tallo. Las hojas medias son pecioladas.

Detalle de las inflorescencias de Andryala integrifolia, con su característico color amarillo limón.

Ejemplares de Andryala integrifolia que destacan por su altura sobre el resto del herbazal. Como se puede observar, la especie se ramifica a partir del tercio superior del tallo, formando inflorescencias corimbiformes más o menos densas.

Andryala integrifolia vive en zonas de campiña o de sierra (ascendiendo hasta los 1.600 m) en casi toda España (aunque se enrarece en el norte, Pirineos y Baleares), sobre cualquier tipo de sustrato. Acompaña a diversos matorrales así como a pastizales o caminos; en este caso, vemos su hábitat cerca de Tres Cantos.

La segunda especie es una herbácea anual, Andryala arenaria. Como su nombre indica, vive sobre sustratos arenosos (algo, por otra parte, bastante extendido entre casi todas las especies del género) en pastizales del suroeste y centro peninsular. La foto está hecha en la cuenca del Guadarrama, también en Madrid. A. arenaria posee tallos ramificados en la mitad superior y hojas caulinares sésiles.

Detalle de las inflorescencias y hojas. Los involucros están formados por brácteas lanceoladas cubiertas de pelos y con algunas glándulas.


Detalle de la floración de Andryala arenaria, en este caso en Torrelodones.

La tercera especie es Andryala rothia: se trata de una especie anual, cuyos tallos se ramifican en la mitad o tercio superior, formando cada una de las ramas una inflorescencia paniculiforme laxa. La foto corresponde a Navalcarnero, en el oeste de Madrid. La especie vive en pastizales de terófitos en sustratos arenosos en el centro y sur de la Península Ibérica.


Se distingue de la especie anterior por la presencia de pelos glandulares en los pedúnculos y por la forma y tamaño de los involucros: estos son de forma campanulada o globosa y apreciablemente mayores que en la especie precedente (pueden alcanzar los 15 mm de diámetro en esta especie, por menos de 10 en la anterior).

Detalle de los involucros y pedúnculos de Andryala rothia.

La cuarta especie es la ajonjera o blanquilla (Andryala ragusina), una especie perenne, algo lignificada en la base y multicaule. Toda la planta está cubierta por un tomento muy denso que le aporta este aspecto blanquecino. Puede superar el medio metro de altura. Las hojas inferiores son pecioladas y de forma muy variable.


Los capítulos nacen en el extremo de los tallos, en bajo número (a veces solitarios). Son de color amarillento, pero no limón. Es una especie sin glándulas. Y, a mi modo de ver, la más bonita de todas.

Andryala ragusina vive en buena parte de la España peninsular (aunque es más rara en la fachada atlántica) sobre pedreras, suelos arenosos y otros sustratos. En este caso la fotografiamos en la cuenca del Manzanares acompañando a los matorrales de degradación de los encinares y al lado de las vías pecuarias.

La última especie es Andryala agardhii: se trata de una pequeña matita leñosa, de unos 20 cm de altura, con hojas únicamente en la base. También está florecida en junio, pero en esta ocasión llegué tarde (agosto), y ya no quedaban ni los vilanos.
Habita exclusivamente en zonas rocosas o pedregales calizos o calizo-dolomíticos en las montañas del sureste (en este caso en el pico Trevenque, en Sierra Nevada, Granada), desde los 1.200 hasta superar los 2.000 m de altitud.

Un océano de rastrojos y retama sin fondo, pensó, con caña y paja de un solo color, de crecimiento salvaje. Mires adonde mires, siempre lo mismo: retahílas esparcidas de arbusto en movimiento y maleza viva; o hierba mala, que también la hay. Y el consabido cricrí amenizando la tempestad.

Maleza viva (Gemma Pellicer)
 
(Y además el libro viene con semillas de flores silvestres de regalo.)