09/11/2011: Dehesa Boyal de Somosierra (Madrid). Entre 1.390 y 1.500 m de altitud.
Un año después, de vuelta a uno de los referentes otoñales más genuinos de Madrid: la Dehesa Boyal de Somosierra, para ver el cambio de color de las hojas de robles melojos y otras especies.
Vista general del bosque en noviembre.
Este año, a comienzos de noviembre ya han aparecido los tonos ocres de los melojos (la especie más importante numéricamente hablando), aunque éstos todavía mantienen verde buena parte de la hoja; otros robles por aquí presentes, como el roble albar (
Quercus petraea) -una especie de temperamento más eurosiberiano que el propio melojo- presentan hojas amarillentas, aunque sigue predominando el verde.
Hojas de melojo (Quercus pyrenaica) con agallas.
Hojas del roble albar.
Quercus petraea
Junto con los robles citados, aparecen avellanos, arraclanes, acebos, serbales, mostajos, varias especies de rosales silvestres (de interés
Rosa villosa), sauces (
Salix atrocinerea), maillos (
Malus sylvestris), cerezos, majuelos, espinos cervales o la labiada
Teucrium scorodonia, por citar algunas de las especies más típicas.
En el suelo se mezclan las hojas de las principales especies caducifolias de Somosierra.
Un abedul delante de la acebeda; varias Genista florida al fondo a la izquierda.
La segunda especie en importancia, después del melojo, es el abedul (
Betula pubescens o
B. alba; no en vano el paraje también recibe el nombre de Abedular de Somosierra); ahora, los troncos blancos y las siluetas gráciles de los abedules destacan en la ladera pedregosa que hay frente al mirador de la N-I.
Abedules y robles melojos.
Desde este mismo enclave se obtiene una visión muy buena de los alrededores y se pueden apreciar a simple vista varias especies arbóreas distintas; vestidos de rojo o anaranjado destacan arraclanes, serbales de cazadores y cerezos, mientras que los amarillos más vivos se reservan para abedules y temblones. Algunos bosquetes de pino silvestre proporcionan el contrapunto cromático necesario, con sus acículas oscuras entre tanto tono cálido.
Aparte de crecer bien sobre terrenos rocosos, en estos enclaves (que, aunque serranos, climatológicamente no dejan de ser mediterráneos, con el fuerte impacto que supone la falta de agua durante el estío para las especies más atlánticas), los abedules muestran querencia por los cursos de agua y se mezclan con avellanos y sauces, formando unos bosques de galería abiertos en los que se hacen en buena medida dominantes.
Los abedules forman un bosque ripario fácilmente identificable.
En el interior del abedular descubrimos algún tejo, enebros y varias especies de zarzas.
Un tejo en el interior del abedular.
Otra vista de los abedules desde el arroyo.
En la linde del bosque, algunas leguminosas arbustivas; entre ellas, destacan los codesos (
Adenocarpus hispanicus), varios de los cuales se encuentran completamente en flor, suponemos que por el otoño tan suave que ha hecho.
Delante de melojos, abedules, avellanos y otras especies, una buena población de codesos.
Adenocarpus hispanicus en flor.