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martes, 23 de septiembre de 2025

Manatí del Caribe (Trichechus manatus)

En el humedal San San Pond Sak vive la más importante población de manatíes antillanos o del Caribe (Trichechus manatus) de Panamá. Hay posibilidad de verlos y hasta allí nos acercamos.

Antigua jaula submarina para capturar manatíes vivos por el Instituto Smithsonian. La población de manatíes en esta parte del humedal sufre importantes oscilaciones a lo largo del año, con un mínimo en diciembre y un máximo (de treinta y tantos animales) en mayo.

Nos adentramos en el río San San hasta un observatorio en alto.

El observatorio se encuentra construido en un manglar de mangle rojo. Las hojas del mangle también forman parte de la dieta de los manatíes, que consumen hasta 60 especies de plantas distintas (entre hierbas marinas, hojas de los árboles del manglar, algas y otras plantas ribereñas).

Los manatíes son atraídos con hojas de platanera y parece que la idea funciona, pues aquí llega el primero. Pueden medir más de tres metros y superar los 600 kg y consumen entre el 4-15% de su peso corporal de material vegetal fresco al día.

El agua está muy turbia y se pone a llover con ganas, pero algunos se dejan ver sacando la cabeza fuera del agua en busca de las hojas de platanera.

En esta serie de fotografías se aprecia el movimiento y funcionamiento de los labios prensiles y flexibles del manatí, que emplea para agarrar y manipular los vegetales que forman parte de su dieta. Recuerdan remotamente a la trompa de los elefantes, con quienes comparten un lejano ancestro.

Para cubrir sus elevadas necesidades energéticas estos sirénidos dedican entre 4 y 8 horas diarias a comer.

Última secuencia de la alimentación del manatí. Un gran día, pues se trata una especie que desde siempre quise ver.


domingo, 5 de junio de 2022

La vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas)

Georg Wilhelm Steller, un médico y naturalista de origen alemán, formó parte de la segunda expedición con la que el zar Pedro I el Grande buscaba un acceso desde Rusia hasta América a comienzos del siglo XVIII. Steller se incorporó tarde a la Gran Expedición del Norte, capitaneada por Vitus Bering (descubridor del mar que lleva su nombre), lo que le obligó a recorrer solo y durante meses Siberia hasta alcanzar la península de Kamchatka (en su extremo oriental), punto de partida de las naves.

Embarcaron en mayo de 1741 y, dos meses después, Steller fue el primer europeo en pisar Alaska. Solamente pudo recorrerla durante unas horas, pues Bering decidió volver apresuradamente a Kamchatka para evitar que el mal tiempo se les echase encima. Todo se torció en el viaje de vuelta. Con parte de la tripulación diezmada por el escorbuto (incluido Bering), sufrieron varios temporales y su embarcación terminó naufragando en noviembre en una isla remota del extremo occidental de las Aleutianas, un paraje  inhóspito y deshabitado.

Y aquí, enfermos, incomunicados, sin alimentos, medicinas y barco, los supervivientes se preparan para afrontar el invierno ártico. Mientras arrecia el mal tiempo construyen refugios y cazan pinnípedos y nutrias marinas. Steller aprovecha su estancia en la isla para recorrerla, buscar plantas como remedio contra el escorbuto y descubrir nuevas especies de flora y fauna. Se acuerda de Briggitta, su mujer, con quien se casó en San Petersburgo y le aguarda en Moscú. Es metódico e infatigable: todos los días le escribe cartas y realiza anotaciones en su manuscrito Las bestias del mar, sin saber si habrá quien las lea o se perderán para siempre.

Y entre estos descubrimientos, se produce el más sensacional: la aparición de un "manatí" (Steller lo llama así la primera vez que lo ve) subártico gigantesco, la gran vaca marina del norte, un sirenio de casi diez metros de longitud y un peso que rondaba las diez toneladas en los mayores animales, un anacronismo viviente, el gran símbolo que quedará indefectiblemente asociado a su nombre.

Uno de los contados esqueletos que existen de vaca marina de Steller en el Museo de Historia Natural de Londres.

Si bien en tiempos prehistóricos el género Hydrodamalis se distribuía por buena parte del Océno Pacífico (de California a Japón y hasta el mar de Bering por el norte), en 1741 apenas quedaban unos 1.500-2.000 animales reunidos exclusivamente en los alrededores de la isla donde naufragó Steller. Se trataba de un hervíboro marino adaptado a unas condiciones ambientales extremas (frío, hielo, temporales...) que se agrupaba en grupos familiares cerca de la costa, en aguas poco profundas, donde se alimentaba de algas pardas gigantes.

La captura de la primera vaca marina por parte de los marineros es reveladora (y va a marcar el destino de la especie): su carne y grasa son comestibles y de mejor sabor que las de otros animales. En cuanto oficialmente se supo de la importancia de esta zona para la obtención de pieles (fundamentalmente por la presencia de nutrias marinas), se preparan nuevas campañas hacia la misma: durante los siguientes años los navíos visitantes se encargarán de masacrar a las vacas marinas.

En esta lámina de cetáceos rusos incorporan a nuestro sirenio boreal en el extremo inferior derecho. Los animales están representados a escala: se aprecia que la vaca marina de Steller tenía una longitud similar a una orca.

Como resultado de las incursiones humanas, veintisiete años después de su descubrimiento, en 1768, se da caza al último ejemplar de vaca marina y la especie es eliminada de la Tierra.

Steller se encontró con la vaca marina cuando ésta contaba con una exigua representación, lo que al menos permitió que la describiese antes de su eliminación. Cuando se produjo este encuentro podría decirse que la especie estaba en el tiempo de descuento: seguramente su extinción era cuestión de "poco" tiempo. Pero el que esta última población se distribuyera en una pequeña extensión geográfica sometida a una intensa explotación aceleró su final, pues supuso un recurso alimentario de gran importancia para las hambrientas tripulaciones que la visitaron.

Hoy día los únicos parientes vivos de la vaca marina de Steller son los manatíes (tres especies) y el dugongo. En la foto un manatí del Caribe (Trichechus manatus) probando la producción de repollos de la temporada.

La verdad es que tanto la vaca marina de Steller como su triste historia me impactaron desde pequeño: sus dimensiones mastodónticas, el riguroso medio donde vivía, su descubrimiento completamente accidental (e in extremis) por uno de los mejores naturalistas de la Historia, su eliminación en tiempo récord... y a partir de su extinción surge la gran pregunta: ¿cómo era realmente este animal? No olvidemos que Steller fue el único científico/testigo que lo vio y describió antes de su trágico desenlace.

Esta es la primera imagen que guardo de la vaca marina de Steller. Aparece publicada en el libro Cómo y por qué de los animales extinguidos, Editorial Molino (1974). El dibujante cubre parcialmente su cara con unas algas para que parezcan los cabellos de una sirena, aunque los rasgos generales del animal recuerdan a una morsa.

En el siguiente enlace se puede descargar una monografía rusa muy completa, en la que se repasa (entre otros temas) la evolución de la iconografía de la vaca marina de Steller desde el siglo XVIII hasta nuestros días: aunque solamente sea por estas ilustraciones merece la pena (bueno, y para quien entienda ruso ya ni le cuento).

Esta es la portada. Hay que reconocer que es algo perturbadora por representar a la "морская корова" (vaca marina) con un gesto excesivamente humano, debido a los desproporcionados brazos y a la forma de sujetar a la cría.

Un ejemplo de las ilustraciones que aparecen en la anterior publicación, donde se muestra el proceso de reconstrucción del aspecto que tendría este animal a partir de sus restos óseos. Al cráneo se le van añadiendo "capas"...

... y este es el resultado final. Careto de pocos amigos (claro que, sabiendo cómo acabó la especie, es comprensible).

Siempre me han gustado mucho los sirenios (o sirénidos), y en cuanto tengo un bolígrafo y un papel en las manos me salen inconscientemente (en monótonas reuniones de trabajo, en la consulta del médico o en la cola del Aldi), como este manatí. Rebuscando por algunos cuadernos de notas he encontrado algunos bocetos/esbozos de la vaca marina de Steller:




Estas últimas líneas me han sorprendido por presentar una vaca marina reconocible (cabeza y extremidad anterior), pese a lo rudimentario de los trazos.

A mi entender la reconstrucción más lograda es la realizada por Pieter Arend Folkens: esta magnífica ilustración aparece en distintas publicaciones (entre ellas la lámina de cetáceos rusos que aparece más arriba), incluida la emisión de este sello:

(https://vitusbering.wordpress.com/2010/09/08/stellers-sea-cow/)
Por cierto, el señor raruno con una peluca absurda de la esquina superior izquierda, NO es Steller: de Steller no existe representación gráfica ni tampoco descripción alguna. Después de casi diez meses en tierra, la tripulación superviviente consiguió reflotar un pequeño navío con el que logró regresar a Kamchatka en 1744, sin Bering, quien murió en la isla. Aunque Steller sobrevivió al viaje por mar, nunca volvió a ver a Briggitta (ni tampoco a sus vacas marinas), pues falleció por fiebres en Tyumen (Siberia occidental) en noviembre de 1746, mientras trataba de volver a casa, a los 37 años.

Cabe preguntarse cómo a estas alturas todavía Hollywood no se ha planteado realizar una película seria de la epopeya de Bering y Steller en lugar de las mierdas de superhéroes que suele filmar: curiosamente existe una versión rusa del año 1971 de este viaje (disponible en youtube en el siguiente enlace). Incluso sale durante unos segundos el cadáver de una vaca marina de Steller al que están despedazando a hachazos (ir al minuto 1:09:45).

En fin, vamos a echar una mano a la todopoderosa industria cinematográfica americana proporcionándole alguna idea al respecto: le proponemos un reparto formado por Ryan Gosling para interpretar a Steller, Benicio del Toro como Bering y Sienna Miller como Briggitta. Que la dirija uno de los grandes, claro: Peter Jackson, Scorsese... qué sé yo, incluso nos vale una versión onírico-pesadillesca a cargo de David Lynch (aquí un poco a la desesperada, ya).

Para finalizar esta ecléctica entrada, a modo de epílogo, un poema de la escritora Anne Marie Macari dedicado a la vaca marina de Steller:

Incluso mientras las mataban
hasta extinguirlas, las vacas marinas
nadaban a la deriva en las aguas del Ártico
sin temor a los hombres varados.

En las parábolas de las vacas marinas se predijo
que la extinción llega
a la mente antes que al cuerpo,
un reino de olvido

hacia el que nadar, como la última 
paloma migratoria posada 
en un zoológico, que olvida 
cómo volar, o una vaca marina 

sacrificada y arrastrada a la orilla, la última
de su clase en el estrecho congelado...
sin dientes, sin arpones, 
como el día en que fue creada

pero demasiado grande para esconderse. Ahora son 
parábolas de sí mismas
flotando en los flujos de sangre de los humanos
que ni siquiera saben

que están poseídos, seguidos por vacas marinas
que les contemplan como las nubes 
observan el océano donde moraron
las criaturas, o por palomas migratorias

que vuelan en el recuerdo, zigzagueando
sobre sus cabezas como bancos 
de peces invisibles. Vamos chicos,
susurran los grandes mamíferos,

encontraos en la familia
del hombre entre los gigantes
de la historia. Y a la que escribe
sobre la vaca marina perdida

decidle que el aire en el que se mueve
está chamuscado por la extinción.
Estamos esperando. ¿Recordáis cómo
pusimos la otra mejilla?

Decid esto, el mundo nunca está 
solo, nunca estuvo solo.




jueves, 2 de septiembre de 2021

Lanzarote (2)

 

Faro en Pechiguera.

Restos de seba (Cymodocea nodosa) en la playa.


Jameos del Agua.

El jameito o cangrejo ciego (Munidopsis polymorpha).

Costa de El Golfo.

Jables en Los Ajaches.

Ononis hesperia

Salsola tetranda

Uvilla (Tetraena fontanesii).

Balacón (Traganum moquinii).

Suaeda mollis

Punta Mujeres.

Lycium intricatum

Suaeda ifniensis

Otro Atriplex naturalizado en Lanzarote: A. semibaccata.


Arthrocnemum macrostachyum y otras especies halófitas en La Santa.

Limonium papillatum, un endemismo macaronésico.

Gaviota patiamarilla.

Andarríos chico.

Los Hervideros.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Cantabria, agosto 2020 (segunda parte)

Segunda recopilación de fotos de Cantabria, realizadas durante la primera semana de agosto. Hoy toca ascender por el Valle del Nansa, el de Cabuérniga (con una parada en Bárcena Mayor) y una visita a las secuoyas del Monte Cabezón. Comenzamos en el Nansa, donde destacan los encinares cantábricos sobre calizas en las partes inferiores, pasando por bosques marcescentes (melojos) y alcanzando los bosques atlánticos en su tramo superior.

Prunella grandiflora

Aladierno (Rhamnus alaternus).

Campanula glomerata

Doradilla (Ceterach officinarum).

Asplenium ruta-muraria subsp. ruta-muraria

Vincetoxicum hirundinaria

Antirrhinum braun-blanquetii

Asplenium trichomanes

Teucrium pyrenaicum con las flores pasadas.

Trepadoras del bosque, como la dulcamara (Solanum dulcamara)...

...o Clematis vitalba.

Olmo de montaña (Ulmus glabra).

Cornejo (Cornus sanguinea).

Rubus henriquesii

Leucanthemum maximum

Un mostajo rupícola.

Hieracium nobile

Robles melojos (Quercus pyrenaica) al lado de un hayedo.

Como parte del sotobosque descubrimos al interesante Cytisus cantabricus.

Cytisus cantabricus

Hayucos.

Aquí entramos al hayedo.

Melampyrum pratense subsp. latifolium

Rumex sanguineum

Linaria triornithophora

Crepis lampsanoides

Blechnum spicant

Vistas desde la parte superior del Valle del Nansa.

Alrededores de Bárcena Mayor.

Robledales próximos al río.

Quercus robur

Helecho hembra (Athyrium filix-femina).

Heracleum sphondylium

Vistas de Bárcena Mayor, entrada al pueblo.

Solanum villosum. Un inciso, pues la vimos en el interior de Santander, pero aprovecho la vista del pueblo para presentar aquí a esta especie ruderal que se había quedado traspapelada.

En Bárcena Mayor llegamos en el momento en que los jóvenes aviones abandonaban sus nidos.

Solidago virgaurea

Estamos en tierra de brezos: Erica cinerea...

Erica ciliaris...

... o Erica tetralix.

Castaño.

Bosque mixto atlántico.

Pentaglottis sempervirens

Finalizamos con el Monumento Natural de las Secuoyas del Monte Cabezón, visitado a última hora del día, casi sin luz.

Ramitas y hojas de la secuoya (Sequoia sempervirens).

Senecio aquaticus

Aparte del interés de las secuoyas, en los alrededores se encuentran otras formaciones boscosas autóctonas.

Senecio nemorensis

Angelica sylvestris